Cuando empecé en este camino, creía que lo más importante era dominar la técnica. Yo ya sabía quiromasaje y pensaba que el masaje thai iba a ser más sencillo. Tenía la sensación de que si aprendía dónde presionar, con qué intensidad y durante cuánto tiempo, todo lo demás encajaría. Que si dominaba los protocolos y reproducía bien cada secuencia, estaría haciendo un buen trabajo. Es decir, creía que , al igual de que los protocolos de spa, solo necesitaba una secuencia completa de técnicas de masaje bien ejecutada.
Y, durante un tiempo, eso me sirvió. Me dio seguridad. Me permitió empezar. En Tailandia se practicaba con los compañeros, casi todos del mundo del yoga, hiperelásticos, pero al llegar a España y empezar a dar masaje, la cosa cambiaba. Mucha gente no podía hacer las técnicas que yo sabía. Y no sabía hacer otra cosa.
Por eso entendí que la técnica, por sí sola, no basta. Que no siempre hay una única forma de hacer las cosas. Que no siempre se trata de técnica. A veces se trata de entender. De saber qué hacer y no hacer. De percibir. De acompañar al cliente..
Hay cosas que nadie me enseñó (y que hacen toda la diferencia)

Primer diploma de masaje de Ángel con CHONGKOL (JOHN) SETTHAKORN en ITM
Al principio mis masajes eran inseguros. Sobre todo porque con las secuencias que sabía en algunos clientes no me encajaban. Con algunas personas no podía hacer la mayoría de las técnicas porque no podían. Y a otros les daba igual, eran tan elásticos que no notaban los estiramientos. Con la experiencia, empecé a ver patrones que no estaban en los manuales. Cuantas más personas trato, más veo que las dolencias se repiten, que los problemas personales se parecen.
Y tuve que ir descubriendo aspectos del trabajo terapéutico que son fundamentales, pero que casi nunca se enseñan. Me hubiera gustado que alguien me lo dijera desde el principio.
Si quieres ser un masajista verdaderamente profesional, te digo lo que me hubiera gustado saber:
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No siempre se necesita hacer algo. A veces, basta con estar y acompañar a tu cliente. Y eso no es pasividad: es presencia. Hay momentos que es más necesario sostener a alguien, dar una mano amiga, que mil técnicas.
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Las palabras también intervienen. Lo que decimos durante una sesión puede acompañar, abrir o bloquear a una persona. Y el silencio, si es consciente, puede ser aún más potente.
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El cuerpo a veces miente. No por engañar, sino por protección o fidelidad. Compensa, protege, disfraza. No se puede ver solo un síntoma aislado. Normalmente hay una historia que es el hilo conductor de todos los problemas de tu cliente.
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No hay una sola forma de hacer bien las cosas. Cada cuerpo, cada proceso, cada momento requiere algo distinto. Y parte del trabajo del terapeuta es aprender a elegir, no solo a ejecutar.
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Ser terapeuta no es arreglar. Es acompañar. Con conciencia. Con límites. Con responsabilidad. Un masajista debe de ser terapeuta.
Por eso enseño desde otro lugar
En mis formaciones, la técnica es solo el punto de partida. Trabajamos las técnicas originales del masaje tailandés Nuad Thai.
Trabajamos el cuerpo, sí. Aprendemos maniobras, pero aprendemos también anatomía, fascias, bloqueos emocionales, empatía…
Porque lo más importante es leer lo que hay debajo del síntoma. De tocar con respeto. De sostener sin invadir.
Porque el cuerpo no es solo un conjunto de estructuras. Es también un lenguaje.
Una historia que pide ser escuchada, no solo manipulada.
Y para eso, hace falta algo más que una buena ejecución.
Hace falta sensibilidad, presencia y criterio.
Y, sobre todo, la voluntad de seguir aprendiendo cada día.
¿Y a ti? ¿Qué te hubiera gustado saber cuando empezaste en este camino?
Puedes escribirme si quieres compartirlo. O si quieres saber más sobre cómo formarte conmigo.