Cuando empecé en este camino, creía que lo más importante era dominar la técnica.
Tenía la sensación de que si aprendía dónde presionar, con qué intensidad y durante cuánto tiempo, todo lo demás encajaría. Que si dominaba los protocolos y reproducía bien cada secuencia, estaría haciendo un buen trabajo.
Y, durante un tiempo, eso me sirvió. Me dio seguridad. Me permitió empezar.
Pero con los años entendí que la técnica, por sí sola, no basta. Que no siempre hay una única forma correcta de hacer las cosas. Que no siempre se trata de aplicar. A veces se trata de entender. De percibir. De acompañar.
Hay cosas que nadie me enseñó (y que hacen toda la diferencia)
Con la experiencia, empecé a ver patrones que no estaban en los manuales.
Y descubrí que hay aspectos del trabajo terapéutico que son fundamentales, pero que casi nunca se enseñan. Me hubiera gustado que alguien me lo dijera desde el principio.
Me hubiera gustado saber que:
-
No siempre se necesita hacer algo. A veces, basta con estar. Y eso no es pasividad: es presencia.
-
Las palabras también intervienen. Lo que decimos durante una sesión puede abrir, cerrar o sostener. Y el silencio, si es consciente, puede ser aún más potente.
-
El cuerpo a veces miente. No por engañar, sino porque reproduce lo que ha aprendido. Compensa, protege, disfraza. A veces, lo que se expresa no es el síntoma, sino la historia.
-
No hay una sola forma de hacer bien las cosas. Cada cuerpo, cada proceso, cada momento requiere algo distinto. Y parte del trabajo del terapeuta es aprender a elegir, no solo a ejecutar.
-
Ser terapeuta no es arreglar. Es acompañar. Con conciencia. Con límites. Con responsabilidad.
Por eso enseño desde otro lugar
En mis formaciones, la técnica es solo el punto de partida.
Trabajamos el cuerpo, sí. Aprendemos maniobras, anatomía, presión, dirección.
Pero lo más importante no está ahí. Lo que busco transmitir es una forma de mirar. De leer lo que hay debajo del síntoma. De tocar con respeto. De sostener sin invadir.
Porque el cuerpo no es solo un conjunto de estructuras. Es también un lenguaje.
Una historia que pide ser escuchada, no solo manipulada.
Y para eso, hace falta algo más que una buena ejecución.
Hace falta sensibilidad, presencia y criterio.
Y, sobre todo, la voluntad de seguir aprendiendo cada día.
¿Y a ti? ¿Qué te hubiera gustado saber cuando empezaste en este camino?
Puedes escribirme si quieres compartirlo. O si quieres saber más sobre cómo formarte conmigo.